Carlos A. Philips era un joven odontólogo, de sólido prestigio en Caráz, su ciudad nativa, y en todo el Callejón de Huaylas. Espíritu limpio y leal, incursionó en la poesía; estaba casado con Julia Jaramillo de Philips, mujer inteligente y sensible.
Como millares de hombres de su generación, Philips abrazó el aprismo desde la aparición del Partido del Pueblo. Al producirse la revolución de Huaráz se adhirió fervorosamente a ella. La venganza de la tiranía lo señaló como una de las víctimas de la Corte Marcial, reunida en agosto  de 1932, por el Edecán del dictador.
A los padres franciscanos que acompañaban a los sentenciados, el compañero Carlos Philips les entregó este mensaje :
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Muero sin culpa, tranquilo, pero como un verdadero cristiano, llevando en el pecho a Cristo, Nuestro Señor. Más tarde la historia reivindicará mi nombre .. "
Y al oficial que mandó el pelotón de ejecución, le dijo :
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Subteniente, con los ojos puestos en los bordes de la tumba y en la eternidad, quiero obsequiarle estos cigarrillos para que cada vez que encienda uno, recuerde q ue en este cementerio apagaron ustedes la vida de cinco valientes peruanos que su único pecado fué  luchar por el bienestar de las grandes mayorías"
Luego se oyeron las descargas, y los cuerpos de los cinco valerosos apristas calleron sin vida.
La breve y gloriosa Revolución de Huaráz fué así aplastada en sangre. De Philips quedó la memoria de su serenidad en el sacrificio, de su fé cristiana y de su fé partidaria, sentimientos condensados en la frase que ha recogido la historia :    "
Sólo Dios salvará mi alma y sólo el Aprismo salvará al Perú!"